Abstract
I La disolución de la familia es un fantasma que ronda en la imaginación moderna, en tanto la modernidad se corresponde con la caída del principio divino del padre soberano como organizador de lo social (Roudinesco cap. 2). Institución que regula y socializa la esfera íntima de afectos y cuidados, la familia ha funcionado como bisagra entre un nivel tradicionalmente asociado al cuerpo biológico y el mundo de las normas sociales. La heterosexualidad patriarcal asienta en la familia la base ontológica de su pretensión de universalidad transhistórica, construyendo roles de género y justificando su estatuto como parte del " orden natural ". La reinvención contemporánea de la familia y de sus roles se constituye entonces en un capítulo de las luchas emancipatorias que el feminismo y los movimiento gay y queer/cuir han impulsado al postular los roles tradicionales de género como un modo fundamental de reproducir y legitimar las injusticias a todo nivel. En Latinoamérica, estos movimientos sociales se articulan con otras formas de visibilización y agencia política, en tanto la familia se constituye como soporte del orden patrimonial colonial y de sus jerarquías raciales. Los estados, no sólo a pesar de su discurso familiarista sino también en su nombre, no han tenido reparos en poner bajo sospecha y destruir lazos familiares para castigar y aniquilar la vida de alguno de sus miembros. No es casual entonces que las luchas históricas por los derechos humanos desde la década de 1980 en adelante (de visibilización del aparato de guerra estatal/paramilitar, y reparación social de aquellos vínculos cercenados) se hayan primero planteado desde